viernes, 8 de octubre de 2010
jueves, 15 de julio de 2010
LA FLOR DEL ESPÍRITU SANTO
LA FLOR DEL ESPÍRITU SANTO
Tomás Martín Feuillet
(En el álbum de una señorita)

De nuestros bosques en lo más recóndito,
bajo altísimos techos de verdor,
erguida crece entre peñascos áridos
una preciosa, peregrina flor.
Oculta siempre a las miradas, tímida,
entre la espesa selva es que se ve,
por miedo acaso de que airado el ábrego,
con su flexible talle en tierra dé.
Ella no ostenta ni brillante púrpura,
ni matices de gualda y de carmín;
mas son de nieve sus hermosos pétalos,
más blancos que azucena, que jazmín.
La flor es esa que del Santo Espíritu
he escuchado llamar desque que nací,
y en cuyo cáliz el perfecto símbolo
de esa imagen divina siempre vi.
¡Ah! Yo recuerdo que en la infancia plácida
con respeto a esas flores me acerqué,
porque juzgaba en mi inocencia cándida
que eran emblemas de piadosa fe.
Y me han contado que querubes y ángeles
las vienen en la noche a custodiar,
para impedir que de sus tallos débiles
las arranquen los vientos al pasar.
Y que con ellas, cuando ya el crepúsculo
en la tierra derrama su arrebol,
tejen guirnaldas las campestres náyades,
para ofrecerlas al naciente sol.
Y que a regarlas, entre nubes diáfanas,
baja de la mañana el serafín,
al son del canto melodioso, armónico,
del pintado y alegre colorín…
De nuestra patria las hermosas sílfides
orlan con ella su hechicera sien,
para que unidas a sus rizos de ébano
aun más encanto a sus encantos den.
Y allí resulta su hermosura nítida,
y luce más su virginal color,
como del cielo en la azulada bóveda
luce de las estrellas el fulgor.
Y es esa flor encantadora, exótica,
de nuestros climas exclusivo don:
nuestros campos adorna con su mérito;
pero nunca se ve en otra región.
Y por eso el viajero del Atlántico,
que bellas flores en Europa vio,
queda admirado ante la flor de América
que sin cultivo y riego aquí nació.
Allá la planta en el jardín espléndido
de su rico palacio el gran Señor,
y por verla crecer en su invernáculo,
diera de entre sus flores la mejor.
Pero es en vano, el Supremo Artífice
sólo a nosotros nos la quiso dar,
como dióles también a nuestras vírgenes
hermosura sublime, singular.
Sí. Vos, señora, que escucháis mi cántico,
ejemplo sois de que no miento yo,
porque aún del Sena en las floridas márgenes
vuestra belleza sin rival brilló.
Y cuando vieron vuestra faz angélica,
os admiraron dignamente allá,
como a la hermosa perla del Pacífico
y a la más bella flor de Panamá.
¡Ah!, Cuando a fuerza de tormentos hórridos
cese de palpitar mi corazón;
cuando deje esta vida triste y mísera
para dormir tranquilo en el panteón.
Yo sé que nadie verterá una lágrima,
y ojalá que siquiera, por favor,
alguien coloque en mi enlutado féretro
del Espíritu Santo alguna flor.
Miró, Rodrigo. Tomás Martín Feuillet, prototipo romántico. Panamá, 1962.
Panamá, octubre 1° de 1856.
“El Centinela”, No 15,10/26/1856
.
Tomás Martín Feuillet
(En el álbum de una señorita)

De nuestros bosques en lo más recóndito,
bajo altísimos techos de verdor,
erguida crece entre peñascos áridos
una preciosa, peregrina flor.
Oculta siempre a las miradas, tímida,
entre la espesa selva es que se ve,
por miedo acaso de que airado el ábrego,
con su flexible talle en tierra dé.
Ella no ostenta ni brillante púrpura,
ni matices de gualda y de carmín;
mas son de nieve sus hermosos pétalos,
más blancos que azucena, que jazmín.
La flor es esa que del Santo Espíritu
he escuchado llamar desque que nací,
y en cuyo cáliz el perfecto símbolo
de esa imagen divina siempre vi.
¡Ah! Yo recuerdo que en la infancia plácida
con respeto a esas flores me acerqué,
porque juzgaba en mi inocencia cándida
que eran emblemas de piadosa fe.
Y me han contado que querubes y ángeles
las vienen en la noche a custodiar,
para impedir que de sus tallos débiles
las arranquen los vientos al pasar.
Y que con ellas, cuando ya el crepúsculo
en la tierra derrama su arrebol,
tejen guirnaldas las campestres náyades,
para ofrecerlas al naciente sol.
Y que a regarlas, entre nubes diáfanas,
baja de la mañana el serafín,
al son del canto melodioso, armónico,
del pintado y alegre colorín…
De nuestra patria las hermosas sílfides
orlan con ella su hechicera sien,
para que unidas a sus rizos de ébano
aun más encanto a sus encantos den.
Y allí resulta su hermosura nítida,
y luce más su virginal color,
como del cielo en la azulada bóveda
luce de las estrellas el fulgor.
Y es esa flor encantadora, exótica,
de nuestros climas exclusivo don:
nuestros campos adorna con su mérito;
pero nunca se ve en otra región.
Y por eso el viajero del Atlántico,
que bellas flores en Europa vio,
queda admirado ante la flor de América
que sin cultivo y riego aquí nació.
Allá la planta en el jardín espléndido
de su rico palacio el gran Señor,
y por verla crecer en su invernáculo,
diera de entre sus flores la mejor.
Pero es en vano, el Supremo Artífice
sólo a nosotros nos la quiso dar,
como dióles también a nuestras vírgenes
hermosura sublime, singular.
Sí. Vos, señora, que escucháis mi cántico,
ejemplo sois de que no miento yo,
porque aún del Sena en las floridas márgenes
vuestra belleza sin rival brilló.
Y cuando vieron vuestra faz angélica,
os admiraron dignamente allá,
como a la hermosa perla del Pacífico
y a la más bella flor de Panamá.
¡Ah!, Cuando a fuerza de tormentos hórridos
cese de palpitar mi corazón;
cuando deje esta vida triste y mísera
para dormir tranquilo en el panteón.
Yo sé que nadie verterá una lágrima,
y ojalá que siquiera, por favor,
alguien coloque en mi enlutado féretro
del Espíritu Santo alguna flor.
Miró, Rodrigo. Tomás Martín Feuillet, prototipo romántico. Panamá, 1962.
Panamá, octubre 1° de 1856.
“El Centinela”, No 15,10/26/1856
.
miércoles, 21 de abril de 2010
domingo, 22 de noviembre de 2009
Paseo Esteban Huertas

Paseo Esteban Huertas
Calles estrechas y enladrilladas, rodeadas de balcones desvencijados y edificios reconstruidos en el Casco Antiguo conducen a las Bóvedas y a la Plaza de Francia donde, silenciosamente, se guarda la historia del fallido intento francés por construir el Canal de Panamá y el fusilamiento del guerrillero panameño Victoriano Lorenzo.
El paseo Esteban Huertas ubicado en las Bóvedas hace un semicírculo por encima de lo que antiguamente fue un fuerte construido por los españoles para proteger la ciudad. Abajo se encuentra la Plaza de Francia, que conmemora el esfuerzo de los franceses para construir el Canal.
A un lado de la plaza están las bóvedas utilizadas, primero, por los españoles y luego por los colombianos como un sistema carcelario. Actualmente, dentro de las bóvedas —renovadas y decoradas, pero con las estructuras antiguas— se encuentra la Oficina del Casco Antiguo (OCA), la galería Artes Visuales con dos salones de exposiciones y el restaurante Las Bóvedas.
El paseo Esteban Huertas se encuentra en la parte superior de la Plaza. Es un ancho corredor con bancas bajo la sobra de floreadas y hermosas veraneras desde donde se puede admirar el bello paisaje de la bahía de Panamá.
Se puede llegar subiendo las escalinatas, ya sea por calle primera o por la plaza de Francia.
Este hermoso paisaje está rodeado de faroles cuya tierna luz ha iluminado a las múltiples parejas de enamorados que lo utilizan para jurarse amor eterno.
El paseo Esteban Huertas ubicado en las Bóvedas hace un semicírculo por encima de lo que antiguamente fue un fuerte construido por los españoles para proteger la ciudad. Abajo se encuentra la Plaza de Francia, que conmemora el esfuerzo de los franceses para construir el Canal.
A un lado de la plaza están las bóvedas utilizadas, primero, por los españoles y luego por los colombianos como un sistema carcelario. Actualmente, dentro de las bóvedas —renovadas y decoradas, pero con las estructuras antiguas— se encuentra la Oficina del Casco Antiguo (OCA), la galería Artes Visuales con dos salones de exposiciones y el restaurante Las Bóvedas.
El paseo Esteban Huertas se encuentra en la parte superior de la Plaza. Es un ancho corredor con bancas bajo la sobra de floreadas y hermosas veraneras desde donde se puede admirar el bello paisaje de la bahía de Panamá.
Se puede llegar subiendo las escalinatas, ya sea por calle primera o por la plaza de Francia.
Este hermoso paisaje está rodeado de faroles cuya tierna luz ha iluminado a las múltiples parejas de enamorados que lo utilizan para jurarse amor eterno.

miércoles, 28 de octubre de 2009
LA LECHERA
Iba alegre la lechera camino del mercado. Con paso vivo, sencilla y graciosa, sostenía sobre su cabeza un cántaro lleno de leche. Ese día se sentía realmente feliz y a medida que se iba acercando al pueblo, su dicha aumentaba.¿Por qué? Porque la gentil lechera caminaba acompañada por sus pensamientos y con la imaginación veía muchas cosas hermosas para el futuro."Sí-pensaba-.Ahora llegaré al mercado y encontraré en seguida comprador para esta riquísima leche. Sin duda, han de pagármela a buen precio, que bien lo vale.
"En cuanto consiga el dinero, allí mismo compraré un canasto de huevos. Lo llevaré a mi cabaña y de ese montón de huevos, lograré sacar , ya hacia el verano, cien pollos por lo menos. ¡Ah, que feliz me siento de pensarlo solamente! Me rodearán esos cien pollos piando y piando y no dejaré que se le acerque zorra ni comadreja enemiga.
"Una vez que tenga mis cien pollos, volveré al mercado. Y entonces, entonces...los venderé para comprar un cerdo.
"Sí, un cerdo, no muy grande, un lechoncito rosado. ¡Ya me encargaré yo de cebarlo! Crecerá y se pondrá gordo, porque estará bien alimentado con bellotas y castañas. Será un cerdo enorme, con una barriga que ha de arrastrarse por el suelo. Yo lo conseguiré."
Siguió la lechera su camino, sonriendo ante la idea de ser dueña de tan robusto animal. ¿Que haría? Lo pensó un instante. Y otra vez una sonrisa de felicidad iluminó su linda carita.
"Claro está. Ya se lo que me conviene. Ese cerdo magnífico bien valdrá un buen dinero. ¡Con él me compraré una vaca! ¡Una vaca y ...un ternero! ¡Ah, que gusto ver al ternerito saltar y correr en mi cabaña!"
Ya se imaginó la lechera correteando junto al ternerito. Y al pensarlo, río alegremente a tiempo que daba un salto.¡Hay cuanta desdicha siguió a su alegría! Al dar el salto , cayó de su cabeza el cántaro que se rompió en mil pedazos.
La pobre lechera miró desolada cómo la tierra tragaba el blanco líquido. Ya no había leche, ni habría pollos, ni cerdo, ni vaca, ni ternero. Todas sus ilusiones se habían perdido para siempre, junto con el cántaro roto y la leche derramada en el camino.
Félix María Samaniego
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